Después de las 5:00.
La había visto como 3 ó 4 veces, no en días seguidos, ni días de fiesta. Sus visitas no tenían un patrón, ninguno que no fuese el elemento sorpresa.
Cargaba invariablemente una mirada mustia y pedía siempre lo mismo: Un té y miel, si tuviera por favor.
La respuesta era siempre la misma: No tenemos miel.
A lo que ella respondía casi autómata: Una pena, no importa.
Una tarde el cielo se caía a baldadas, ella entró mojada desde el pelo hasta el alma. La mirada no la llevaba, ni mustia ni nada.
- Lo de siempre?- le dije, ella ni siquiera me miró, hizo un gesto de aceptación y siguió ahí como si buscara algo en el aire.
- Conseguimos la miel- le dije, esperando al menos una sonrisa de aceptación aunque no supiese que fui yo quien la compró, para ella.
Pero ella, la misma ella, respondió sin siquiera mover la cabeza
- Hoy no. No es necesaria.
Su voz quebrada me conmovió y le dije: Lo que sea, si es capaz de robarle la mirada, no es bueno.
La mesa se transformó en una enorme burbuja. Ella giró la cabeza, levantó el rostro, y así, con los ojos aún perdidos respondió
- Pasa que a veces nadie te roba nada, sos vos el que salís a la calle con las manos llenas. Entonces, el asalto es la respuesta más natural a semejante tentación. El problema, es que a ese acto no se le puede llamar ni “entrega” ni “hurto”, no es en esencia, ni lo uno ni lo otro.
- Ah no?
- No
- Entonces qué es?
- No lo sé; pero duele.

Escribe un comentario